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Domingo XX del T.O. (B) (19 agosto 2018)

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eucaristia

Jn 6: 51-58

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. Los judíos se pusieron a discutir entre ellos: -¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Jesús les dijo: -En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente”.

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente”

Cristo asocia disfrutar del cielo al hecho de recibirle sacramentalmente en la Comunión. Sólo Dios puede hacer una promesa así. ¡Cuántas personas pagarían por vivir un día más aquí en la tierra! En cambio ¡qué pocas personas se dan cuenta de este inmenso regalo que Dios nos da todos los días!

“Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros”

Jesús nos habla de una nueva vida, la de la gracia. Esta nueva vida se recibe al “comer su carne y beber su sangre”. Del mismo modo que el alimento nutre nuestro cuerpo, “el pan del cielo” da fuerzas y revivifica nuestra alma.

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Cuentos con moraleja: "San José, abogado de la buena muerte"

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muertedesanjose

El día 2 de Enero de 1884, un anciano desconocido se presentó al cura párroco de una población de Francia, pidiéndole, por favor, que fuese a ver a una enferma que se estaba muriendo. No sólo el anciano indicaba la calle, casa y número, sino que también se ofreció a acompañar al sacerdote hasta la puerta de la casa.

La calle nombrada tenía muy mala reputación, el anciano era desconocido, y la oscuridad de la noche hacía que el ministro de Dios pusiera algún reparo a la invitación del visitante; más éste le dice:

—Es preciso que usted venga, y sin tardar, porque es cuestión de administrar los santos sacramentos a una pobre mujer que está agonizando.

Después de oír eso, el sacerdote no vacila ni un momento, y, acompañado del anciano, se pone en camino para cumplir con su deber.

La puerta de la casa estaba cerrada; y aunque era la de peor aspecto de toda la calle, pensó el sacerdote que Dios vino al mundo para salvar a los pecadores, así que tiró de la campanilla… No contestaron.

Creyendo que lo estaban engañando, se disponía a marcharse, cuando el anciano que le acompañaba, empujó la puerta y la abrió.

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Domingo XIX del T.O. (B) (12 agosto 2018)

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eucaristia2

(Jn 6: 41-51)

“Los judíos, entonces, comenzaron a murmurar de él por haber dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo». Y decían: -¿No es éste Jesús, el hijo de José, de quien conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo es que ahora dice: «He bajado del cielo»? Respondió Jesús y les dijo: -No murmuréis entre vosotros. Nadie puede venir a mí si no le atrae el Padre que me ha enviado, y yo le resucitaré en el último día. Está escrito en los Profetas: "Y serán todos enseñados por Dios". Todo el que ha escuchado al que viene del Padre, y ha aprendido, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, sino que aquel que procede de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo que el que cree tiene vida eterna. »Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. Éste es el pan que baja del cielo, para que si alguien lo come no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

El evangelio de hoy es un fragmento del famoso discurso eucarístico. Discurso que escandalizó a los judíos y ahuyentó a algunos de los que le seguían; pues en él, Cristo se proclama que es Hijo de Dios y “pan de vida” necesario para alcanzar la vida eterna.

Los judíos, entonces, comenzaron a murmurar de él por haber dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo».

Con mucha frecuencia limitamos nuestra fe a las cosas que entendemos, y en cambio rechazamos aquellas cosas que nos parecen humanamente imposibles o exageradas. La auténtica fe no se fundamenta en el hombre sino en Dios, el cual al ser bueno y omnisciente no puede engañarse ni engañarnos. (Vaticano I)

Nadie puede venir a mí si no le atrae el Padre que me ha enviado, y yo le resucitaré en el último día… Todo el que ha escuchado al que viene del Padre, y ha aprendido, viene a mí.

La fe supone un acto de humildad por parte del hombre, pues ha de aceptar cosas que están por encima de su entendimiento; ahora bien, la fe, por ser una virtud sobrenatural, es el mismo Dios quien la da. En teología se dice que Dios da la fe a todo aquel que no pone obstáculo.

La fe es necesaria para alcanzar la vida eterna: “En verdad, en verdad os digo que el que cree tiene vida eterna”. Pero la auténtica fe ha de ir siempre acompañada de buenas obras; pues una fe sin obras “es una fe muerta”.

En varias ocasiones habla Jesucristo de “venir a Él” o “ir a Él”. Eso es condición previa para: tener la vida eterna, como nos dice en el Evangelio de hoy; para no pasar hambre; para no agotarse en el duro camino de esta vida (“venid a mí todos los cansados y agobiados que yo os aliviaré”).

Cristo es el único camino para llegar al Padre: “Nadie va al Padre sino por mí”. Por eso cualquier religión que rechace a Cristo no puede llevar al cielo. Y para llegar a Cristo es el Padre quien nos “atraerá”: “Nadie puede venir a mí si no le atrae el Padre”.

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Este minuto puede darte el cielo

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hombre-pensando

¿Cuánto tiempo y esfuerzo necesita un niño para obtener el graduado escolar?

¿Cuánto tiempo y esfuerzo necesita un joven para obtener un título universitario para ejercer una profesión durante 35 o 40 años?

¿Cuánto tiempo y esfuerzo necesita un hombre para conseguir el dinero suficiente para comprar una casa que gozará unos 50 o 60 años?

¿Acaso crees que con los dos minutos al día que dedicas a rezar, y la media hora de la Misa a la semana, vas a tener “crédito” suficiente para "comprar" una plaza en el cielo que te va a durar para siempre?

Y si no haces ni eso, ¿crees acaso que Dios te considerará un buen hijo suyo y que merecerás el premio eterno del cielo?

¡Piensa! ¡Todavía estás a tiempo de realizar la elección adecuada! Habrá un día en el que la suerte ya estará echada. Pero todavía tienes tiempo de convertirte, acercarte a Dios y tomar el buen camino. Si lo haces, descubrirás que el minuto que “has perdido” leyendo esto valió la pena.

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El pequeño número de los que se salvan

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infierno

Por San Leonardo de Puerto Mauricio

San Leonardo de Puerto Mauricio fue un fraile franciscano muy santo que vivió en el monasterio de San Buenaventura en Roma. Él fue uno de los más grandes misioneros en la historia de la Iglesia. Solía predicar a miles de personas en las plazas de cada ciudad y pueblo donde las iglesias no podían albergar a sus oyentes. Tan brillante y santa era su elocuencia que una vez cuando realizó una misión de dos semanas en Roma, el Papa y el Colegio de Cardenales fueron a oírle. La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen, la adoración del Santísimo Sacramento y la veneración del Sagrado Corazón de Jesús fueron sus cruzadas. No fue en pequeña medida responsable de la definición de la Inmaculada Concepción hecha poco más de cien años después de su muerte. También nos dio las Alabanzas Divinas, que se dicen al final de la Bendición. Pero el trabajo más famoso de San Leonardo fue su devoción a las Estaciones de la Cruz. Tuvo una muerte santa a sus setenta y cinco años, después de veinticuatro años de predicación sin interrupciones. Uno de los sermones más famosos de San Leonardo de Puerto Mauricio fue “El Pequeño Número de los Que Se Salvan.” Fue en el que se basó para la conversión de grandes pecadores. Este sermón, así como sus otros escritos, fue sometido a examinación canónica durante el proceso de canonización. En él se examinan los diferentes estados de vida de los cristianos, y concluye con el pequeño número de los que se salvan, en relación a la totalidad de los hombres. El lector que medite sobre éste notable texto aprovechará la solidez de su argumentación, la cual le ha valido la aprobación de la Iglesia. Aquí está el vibrante y conmovedor sermón de éste gran misionero.

Introducción:

    Hermanos, por el amor que tengo por vosotros, desearía ser capaz de aseguraros con la perspectiva de la felicidad eterna a cada uno de vosotros diciéndoos: Es seguro que irás al paraíso; el mayor número de los cristianos se salva, por lo que también tú te salvarás. ¿Pero cómo puedo daros esta dulce garantía si os rebeláis contra los decretos de Dios como si fuerais sus propios peores enemigos? Observo en Dios un deseo sincero de salvaros, pero encuentro en vosotros una inclinación decidida a ser condenados. Entonces, ¿qué voy a hacer hoy si hablo con claridad? Seré desagradable para vosotros. Pero si no hablo, seré desagradable para Dios.

    Por lo tanto, voy a dividir éste tema en dos puntos. En el primero, para llenaros de terror, voy a dejar que los teólogos y los Padres de la Iglesia decidan sobre el tema y declaren que el mayor número de los cristianos adultos son condenados; y, en adoración silenciosa de ese terrible misterio, mantendré mis sentimientos para mí mismo. En el segundo punto trataré de defender la bondad de Dios de los impíos, al demostraros que los que son condenados son condenados por su propia malicia, porque querían ser condenados. Así entonces, aquí hay dos verdades muy importantes. Si la primera verdad os asusta, no me guardéis rencor, como si yo quisiera hacer el camino hacia el Cielo más estrecho para vosotros, porque quiero ser neutral en éste asunto; sino más bien guardarle rencor a los teólogos y a los Padres de la Iglesia, quienes grabarán esta verdad en vuestros corazones con la fuerza de la razón. Si vosotros sois desilusionados por la segunda verdad, dad gracias a Dios por esta, pues Él sólo quiere una cosa: que le deis vuestros corazones totalmente a Él. Por último, si me obligáis a decir claramente lo que pienso, lo haré para vuestro consuelo.

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