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XX Domingo del T.O. (A) (20 agosto 2017)

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mujercananea

La mujer cananea
(Mt 15: 21-28)

El evangelio de hoy nos habla de las principales propiedades que ha de tener nuestra oración para ser escuchada por Dios: humildad, fe y perseverancia.

Una mujer cananea se acercó a Jesús para hacerle una súplica muy importante: “Señor, Hijo de David, ten piedad de mí. Mi hija es atormentada por un demonio”. Pero Jesús no le respondió en absoluto.

                ¿En cuántas ocasiones cuando le pedimos algo a Jesús no nos oye a la primera? Tenemos que seguir insistiendo. La perseverancia de la oración es una propiedad muy importante para que ésta pueda tener éxito. El Señor nos lo dice así en otros lugares del evangelio: “Orad continuamente sin desfallecer” (Lc 18: 1-8)

Los discípulos intercedieron por esta mujer, más por egoísmo (para que no les siguiera molestando) que por verdadera misericordia. A pesar de ello la respuesta de Jesús también fue negativa: “Sólo he sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel”.

Por tercera vez la mujer se acercó a Jesús para pedirle de nuevo. En este caso la respuesta de Jesús fue aparentemente grosera y despiadada: “No es apropiado tomar la comida de los hijos y dársela a los perros”.

                Vemos en esta respuesta de Jesús la necesidad que tenemos de ser humildes cuando nos acerquemos a Él para hacerle una petición. No podemos “forzar” a Jesús aunque sí que podemos suplicarle que tenga misericordia (como lo hizo la Virgen María en las bodas de Caná).

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Cuentos con moraleja: "¡Aguanta un poco más!"

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alfarero 2

Se cuenta que una vez, en Inglaterra, había una pareja que gustaba de visitar las pequeñas tiendas del centro de Londres. Una de sus tiendas favoritas era una en donde vendían vajillas antiguas. En una de sus visitas a la tienda vieron una hermosa tacita.

¿Me permite ver esa taza?, preguntó la señora, nunca he visto nada tan fino como eso!

En cuanto tuvo en sus manos la taza, escuchó que la tacita comenzó a hablar. La tacita le comentó:

—¡Usted no entiende! Yo no siempre he sido esta taza que usted está sosteniendo. Hace mucho tiempo yo sólo era un montón de barro. Mi creador me tomó entre sus manos y me apretó y me moldeó cariñosamente. Llegó un momento en que me desesperé y le grité: ¡Por favor, déjame en Paz! Pero sólo me sonrió y me dijo: “aguanta un poco más, todavía no es tiempo”.

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El pudor cristiano, una virtud olvidada

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vladimir volegov

En la predicación cristiana hay una serie de temas que son tabú, y precisamente por ello apenas si se escuchan hoy día. Temas como: la castidad matrimonial, el pudor cristiano, la gravedad de las relaciones prematrimoniales.… Eso no quiere decir que no sean temas importantes o que no sea necesario hablar de ellos.

Es un tanto arriesgado hablar del pudor en un momento en el que la sociedad parece hacer gala de haberlo superado. El pudor, tradicionalmente considerado como la hermana menor de la templanza, ha venido a reinterpretarse recientemente como un “condicionamiento social”; entendiendo con ello: “costumbre que tiene como fundamento la arbitrariedad del gusto o la espontaneidad de la manía”. Como se dice actualmente: “si las costumbres no tienen otro fundamento que los condicionamientos sociales arbitrarios, ninguna razón hay para conservarlas. Más aún, su supresión equivale a liberar a la sociedad de un prejuicio”. Examinemos pues estas afirmaciones y demostremos la falsedad de las mismas.

¿Qué es el pudor?

Lo podríamos definir como la tendencia y el hábito de conservar la propia intimidad a cubierto de los extraños.

En un sentido genérico se entiende por pudor la tendencia natural a esconder algo, para defenderse espontáneamente contra toda intromisión ajena en la esfera de la intimidad. En el lenguaje corriente se dice de una persona que no tiene pudor, cuando manifiesta en público afectos o sucesos reservados a la intimidad, o realiza públicamente actos que se consideran propios del ámbito familiar o estrictamente personal.

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"Ante Dios, ¡siempre de rodillas!"

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rezando de rodillas

Una de las enfermedades que más rápidamente se contagia es la gripe, aunque hay otra enfermedad, que no es precisamente del cuerpo sino del alma, que se propaga más rápidamente todavía: no ponerse de rodillas ante Dios. No arrodillarse en la Iglesia durante la Consagración o cuando se va a recibir el Cuerpo de Cristo o cuando uno está ante la presencia de Jesús Sacramentado, hace más daño al hombre que un cáncer terminal.

Hasta hace cuarenta años, la gran mayoría de las personas que asistían a Misa se arrodillaban en el momento de la Consagración y para recibir al Señor en la Comunión. En la actualidad, al menos en mis parroquias, tengo que estar recordándolo continuamente; y a pesar de ello no se arrodillan porque piensan que es un signo de humillación.

Recuerdo que un día, acabada la Misa se me acercó un “transeúnte” y me dijo:

— Ustedes los curas antiguos exigen cosas que ya no se llevan. Con razón tiene usted la iglesia vacía. Y luego añadió:

—Dios ha dicho: “ya no os llamó siervos sino amigos”; y uno no se arrodilla ante un amigo.

A lo que yo le respondí:

—Pero ese amigo del que usted habla es también Dios, y a Dios se le debe culto de adoración. O dicho de otro modo: debemos arrodillarnos ante su presencia. Salvo imposibilidad física, por enfermedad o por edad avanzada, todos debemos arrodillarnos ante Cristo realmente presente en la Eucaristía. Si no lo hacemos eso es señal de falta de fe.

El hombre se marchó. Sé que no le convencí; pero al menos le di razones para pensar.

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