"Llamado urgente: El Amor no es amado"

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Este es un llamado al amor, a adorar a Aquél a quien todo le debemos. ¡El Señor no puede estar solo! El Señor es digno de adoración, de alabanza, de honor y de gloria!

Necesitamos adoradores que se postren ante Jesús Eucaristía para decirle cuánto lo aman, qué agradecidos están de su misericordia, de su perdón, de su salvación. Que estén dispuestos a reparar por todas las blasfemias, injurias, indiferencias con las que Él es continuamente ofendido, y a interceder por la salvación de todos aquellos que lo ofenden.

Debemos clamar al Señor también por Ecuador, por su conversión como pueblo, por cada uno de nosotros y por la paz del mundo entero. Rogar por nuestro Papa, por nuestra Iglesia, por todos los sacerdotes, religiosas, religiosos y por el mismo Pueblo de Dios.

Debemos estar dispuestos a ofrecer al Señor una hora a la semana de nuestro tiempo (¡tan sólo 1 hora!) para transformarlo en eternidad.

San Pedro Julián Eymard nos ayuda a entender mejor el sentido de la Adoración:

“La adoración eucarística tiene como fin la persona divina de nuestro Señor Jesucristo presente en el Santísimo Sacramento. Él está vivo, quiere que le hablemos, Él nos hablará. Y este coloquio que se establece entre el alma y el Señor es la verdadera meditación eucarística: es -precisamente- la adoración. Dichosa el alma que sabe encontrar a Jesús en la Eucaristía y en la Eucaristía todas las cosas...”.

 “Comiencen sus adoraciones con un acto de amor y abrirán sus almas deliciosamente a la acción divina. Es por el hecho de que comienzan por ustedes mismos que se detienen en el camino. Pues, si comienzan por otra virtud y no por el amor van por un falso camino… El amor es la única puerta del corazón”.

“Vean la hora de adoración que han escogido como una hora del paraíso: vayan como si fueran al cielo, al banquete divino, y esta hora será deseada, saludada con felicidad.

Retengan dulcemente el deseo en su corazón. Digan: “Dentro de cuatro horas, dentro de dos horas, dentro de una hora iré a la audiencia de gracia y de amor de Nuestro Señor. Él me ha invitado, me espera, me desea”.

“Vayan a Nuestro Señor tal como son, vayan a Él con una meditación natural. Usen su propia piedad y amor antes de servirse de libros. Busquen la humildad del amor. Que un libro pío los acompañe para encauzarlos en el buen camino cuando el espíritu se vuelve pesado o cuando los sentidos se embotan, eso está bien; pero, recuerden, nuestro buen Maestro prefiere la pobreza de nuestros corazones a los más sublimes pensamientos y afecciones que pertenecen a otros”.

“El verdadero secreto del amor es olvidarse de sí mismo, como el Bautista, para exaltar y glorificar al Señor Jesús. El verdadero amor no mira lo que él da sino aquello que merece el Bienamado”.

“No querer llegarse a Nuestro Señor con la propia miseria o con la pobreza humillada es, muy a menudo, el fruto sutil del orgullo o de la impaciencia; y sin embargo, es esto que el Señor más prefiere, lo que Él ama, lo que Él bendice”.

“Como sus adoraciones son bastante imperfectas, únanlas a las adoraciones de la

Santísima Virgen”.

“Si están con aridez, glorifiquen la gracia de Dios, sin la cual no pueden hacer nada; abran sus almas hacia el cielo como la flor abre su cáliz cuando se alza el sol para recibir el rocío benefactor. Y si ocurre que están en estado de tentación y de tristeza y todo los lleva a dejar la adoración bajo el pretexto de que ofenden a Dios, que lo deshonran más de lo que lo sirven, no escuchen esas tentaciones. En estos casos se trata de adorar con la adoración de combate, de fidelidad a Jesús contra ustedes mismos. No, de ninguna manera le disgustan. Ustedes alegran a Su Maestro que los contempla. Él espera nuestro homenaje de la perseverancia hasta el último minuto del tiempo que debemos consagrarle”.

“El Señor en su presencia eucarística oculta su gloria, divina y corporal, para no encandilarnos y enceguecernos. Él vela su majestad para que osen ir a Él y hablarle como lo hace un amigo con su amigo; mitiga también el ardor de su Corazón y su amor por ustedes, porque si no no podrían soportar la fuerza y la ternura. No los deja ver más que su bondad, que filtra y sustrae por medio de las santas especies, como los rayos del sol a través de una ligera nube”.

“El amor del Corazón se concentra; se lo encierra para hacerlo más fuerte, como el óptico que trabaja su cristal para reunir en un solo punto todo el calor y toda la luz de los rayos solares. Nuestro Señor, entonces, se comprime en el más pequeño espacio de la hostia, y como se enciende un gran incendio aplicando el fuego brillante de una lente sobre el material inflamable, así la Eucaristía hace brotar sus llamas sobre aquellos que participan en ella y los inflama de un fuego divino... Jesús dijo: «He venido a traer fuego sobre la tierra y cómo quisiera que este fuego inflamase el universo». «Y bien, este fuego divino es la Eucaristía», dice san Juan Crisóstomo. Los incendiarios de este fuego eucarístico son todos aquellos que aman a Jesús, porque el amor verdadero quiere el reino y la gloria de su Bienamado”.

El valor de una hora de adoración en la Adoración Eucarística Perpetua.

Una hora de adoración ante el Santísimo tiene siempre, se haga donde se haga, un inmenso valor. La decisión de adorar regularmente, quiera Dios que a diario, al Santísimo, verdaderamente es importante y de gran trascendencia para nuestra vida y la de los que nos rodean, más de lo que nos podemos imaginar. En definitiva, se trata de venir a encontrarnos con Jesucristo ¡resucitado y vivo!, invisible para los ojos corporales, pero real, con una realidad que, cuando llega a hacérsenos patente, nos cambia la vida, porque aunque no lo percibamos, Él exhala continuamente virtud.

«El Maestro está aquí y te llama». Si el que anduvo hace dos mil años por Palestina y «pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo», o sea, curando a los aquejados por toda clase de males, ha resucitado y está aquí -y lo está -, ¡qué importante es venir, respondiendo a su llamada, a estar con Él! ¿Acaso no nos damos cuenta de que somos unos pobres indigentes para el bien, y no nos sentimos aquejados por tantos males, físicos o morales, nosotros mismos, nuestras familias, nuestro país,... el mundo entero?

¿No nos dijo nuestra Madre en Fátima que “muchas almas se pierden porque no hay nadie que pida y se sacrifique por ellas”? Sí, sólo en el Cielo nos daremos plena cuenta de su valor.

Entonces, si una hora de adoración es ya tan importante, ¿el hecho de que se haga en la capilla o iglesia de la Adoración Perpetua añade algún valor?

Ante todo, debemos caer en la cuenta de que el valor de nuestra hora de adoración no se lo da ni el esfuerzo o sacrificio que nos cuesta algunas veces venir, más si es en horas intempestivas de la noche o de la madrugada, que humanamente valoramos como de algún mérito; ni siquiera se lo da la firmeza de nuestro compromiso o nuestra fidelidad, virtudes especialmente apreciadas, por lo “exóticas”, en estos tiempos. Todo esto, aún teniendo valor, no constituye más que los “dos panes y cinco peces”. ¿Qué es una hora o dos entre las ciento sesenta y ocho de la semana o ante las miles de la vida que Dios nos regala? Y en definitiva, si tenemos salud, fuerzas y ganas, o firmeza y fidelidad para venir, ¿a quién se lo debemos sino a Él?

No, el verdadero valor de nuestra hora de adoración está justamente en que ya no es nuestra sino suya, porque se la hemos ofrecido y entregado. ¡Y Él la ha aceptado!

(lo demuestra facilitando y permitiendo que la podamos hacer). Y quien prometió que “ni un vaso de agua que deis a alguno de estos mis hermanos más pequeños, quedará sin recompensa”, ¿dejará de agradecer la hora fiel que le ofrecemos a Él directamente? ¡A Él, que no se deja ganar por nadie en generosidad!

Y sobre todo, ¿dejará de hacer con nuestra pequeña hora, con esos apenas “dos panes y cinco peces que tenía un muchacho que había por allí”, el milagro de “dar de comer a más de cinco mil hombres” que tanto le interesa hacer?

Acompañándole, entre todos, las veinticuatro horas del día, estamos, en la pequeña medida de que somos capaces, correspondiendo a su Amor, que le hizo quedarse, Él siempre el primero, con nosotros todos los días - las veinticuatro horas - ...¡hasta el fin del mundo!

Y, sencillamente, viniendo día y noche, estamos proclamando a nosotros mismos, a la Iglesia y al mundo entero, que creemos que Él está aquí y que valoramos y agradecemos que lo esté, y manifestamos, y se lo expresamos a Él, que es lo mejor que nos ha pasado, que es nuestro gozo y alegría, ... que es la Defensa de nuestra vida, que nos ha tocado un Lote hermoso ¡y que  nos encanta nuestra Heredad! (cf Sal 15).

¿Por qué rendimos culto de adoración a la Eucaristía?

Porque la Eucaristía es nada menos que Jesús, todo Jesús en su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Así como al encarnarse se hizo hombre en el seno de la Virgen para dar inicio a la Salvación, así también al instituir aquel primer Jueves Santo la Eucaristía decidió permanecer con nosotros para siempre en la Sagrada Hostia y en el Vino consagrado. Es siempre Jesús, Verbo eterno, el que al hacerse hombre oculta su divinidad, es el mismo que volviéndose Eucaristía oculta, además, su humanidad.

Si no muestra, entonces, el Señor su humanidad y su gloria, es porque quiere que vayamos a Él en la fe. Si queda oculta a nuestros sentidos su inmensa belleza y no hace presente su dignidad es porque quiere que lo amemos por lo que Él mismo es, nuestro Señor, nuestro Dios.

Por ello, la Adoración Eucarística expresa nuestra fe y nuestro amor y respeto hacia su presencia así como nuestra respuesta a su mismo amor, que ha dispuesto no abandonarnos y permanecer con nosotros -a través de la Eucaristía- hasta el fin de los tiempos.

"Digno es el Cordero inmolado de recibir honor, gloria y alabanza." (Ap 5:12)

A quien contemplamos y adoramos es al Hijo de Dios vivo que dio la vida por nosotros y que permanece con nosotros por amor. Es, por ello, justo y necesario que al amor personal de Cristo -que tuvo y tiene por cada uno de nosotros- respondamos nosotros

personalmente con nuestro compromiso de guardar sus mandamientos, y con el culto de

adoración.

Mediante la adoración eucarística damos testimonio de nuestra fe, de que Jesús verdaderamente está presente en la Eucaristía -con su Cuerpo y Sangre, Alma y Divinidad-.

Además, por medio de la adoración reparamos por todas las blasfemias, indiferencias,

y desprecios con que el mismo Señor es ofendido.

¿En qué consiste la Adoración Eucarística Perpetua?

En adorar al Santísimo Sacramento día y noche, 24 horas, durante todos los días del año.

Y ¿por qué es importante que sea perpetua?

Porque es la mejor manera de responder al amor de Jesús. Él nos ama con amor eterno. Por su amor se ha quedado entre nosotros en el Santísimo Sacramento. Adorarlo en forma permanente, sin interrupción, es responder a la fidelidad y eternidad de su amor.

Es importante porque Jesús así lo quiere, porque inconmensurable es su alegría cuando le entregamos una hora de adoración frente al Santísimo Sacramento.

A Santa Margarita María Alacoque (su apóstol del Sagrado Corazón) le dijo: "Ardo de sed, mi sed es la de ser honrado por los hombres en el Santísimo Sacramento."

Por otra parte, al expandir las horas de adoración y cubrir todo el día y toda la noche durante todos los días del año, todos los fieles tienen oportunidad en convertirse en adoradores.

¿Cómo se logra la Adoración Eucarística Perpetua?

Encontrando personas que quieran adorar a su Señor comprometiéndose a ofrecerle al menos una hora a la semana. Cada persona se compromete a darle al Señor una hora (fija) por semana de adoración. Con lo poco de cada uno se alcanza algo tan grande como adorar a nuestro Dios sin interrupción. De ese modo todos y cada uno van integrando una cadena de adoración continua del Santísimo Sacramento del altar. El encadenar voluntades y disponibilidades personales para un fin tan elevado necesariamente hace de los adoradores comunión, y a cada persona le permite desarrollar su espiritualidad eucarística, es decir, crecer en su relación de intimidad con el Señor, y así progresar de una práctica de piedad a una genuina devoción.

Por una parte, el Señor jamás debe quedar expuesto sin la presencia de al menos un adorador; por la otra, nadie debe temer que al comprometerse a una hora fija todas las semanas haya veces que no pueda cumplir con el empeño asumido. Para estos casos siempre están los coordinadores que se hacen cargo de las emergencias.

¿Cuáles son los frutos a esperar de la adoración?

Ante todo, cuando el fiel está en adoración, recibe del Señor grandes gracias. Él mismo lo prometió: "Vengan a mí los que estén cansados y afligidos que yo los aliviaré." (Mt11:28). Cuando adoramos su presencia eucarística Jesús nos consuela, nos da la paz, nos alivia de todas nuestras penas, sosiega nuestro espíritu, nos libra de los temores, nos da fortaleza, nos ilumina, orienta nuestras vidas y nos regala las gracias que necesitamos.

Por medio de la contemplación del misterio, de la adoración, la Eucaristía se vuelve el centro de la vida del creyente, y éste se camina hacia una verdadera relación personal con Cristo, se acrecienta la intimidad con Él, nos volvemos amigos del Señor.

Asimismo, siendo la Eucaristía el sacramento de la unidad también se desarrolla y afianza la comunidad.

La Eucaristía trae paz a los corazones. Tengamos en cuenta además que no es posible comparar lo dado con lo recibido ya que la hora que al Señor dedicamos tiene valor de eternidad. Los grandes problemas que aquejan a la humanidad están más allá de soluciones humanas. Necesitamos la intervención de Dios y tal intervención vendrá por medio del poder del Santísimo Sacramento.

Adorándolo logramos lo mismo que la mujer hemorroísa del Evangelio, porque tocamos con la fe el Corazón de Jesús y de El sale el poder de su Amor que nos sana, y sus gracias y bendiciones para todo el mundo.

Vemos, entonces, que de la adoración se desprenden grandes gracias personales y comunitarias porque por la adoración de un solo fiel grandes gracias se derraman sobre la humanidad.

Nuestra adoración alimentará la devoción de otros a la Eucaristía, otras personas sentirán el impulso de acudir a los sacramentos, nuevas vocaciones religiosas despertarán, nuevas conversiones a la verdadera fe se manifestarán, familias enteras se beneficiarán con la unidad y la paz descenderá sobre el mundo.

¿Qué dice la Iglesia sobre este tipo de adoración?

En su primera encíclica, Redemptor Hominis, el Papa Juan Pablo II, nos dice que nuestro objetivo primordial en la vida es el de avanzar y perseverar en la piedad y vida

Eucarística, y que la celebración litúrgica de la eucaristía y la adoración privada se

complementan entre sí para que nuestro amor sea completo. "El modo más seguro y efectivo de establecer la paz duradera en la faz de la tierra es a través del gran poder de la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento" (Juan Pablo II en ocasión del inicio de la Adoración Perpetua en la Basílica de San Pedro, el 2-12-81).

"En la Santa Eucaristía –este es también el significado de la Adoración Perpetua- entramos en este movimiento de amor desde el cual todo el interior progresa y toda

eficacia apostólica brota" (Juan Pablo II en su meditación del 6-6-80 en la Basílica de Montmarte).

Pablo VI, escribió Mysterium Fidei en la que declara que la Eucaristía es el "centro espiritual" de la Parroquia. "Cristo es el verdadero Emmanuel, Dios con nosotros. Día y noche está con nosotros. Él reintegra la moralidad, alimenta las virtudes, consuela a los afligidos, da fuerza a los débiles. Propone su propio ejemplo a aquellos que se allegan hacia Él para que así aprendan a ser como Él, mansos y humildes de corazón, y todos aquellos que se acercan al Santísimo Sacramento en adoración experimentan lo preciosa que es la vida escondida con Cristo en Dios y el gran valor de la conversación con Cristo, porque no hay nada que dé más consolación en la tierra, nada más eficaz para avanzar por el camino de la santidad. Porque dentro de la Sagrada Hostia está Cristo, el Redentor del mundo." Y en "Credo de la gente de Dios" decía: "El Santísimo Sacramento es el corazón latente de cada una de nuestras iglesias", agregando: "y es nuestro dulce deber honrar y adorar en la Santa Hostia lo que nuestros ojos no ven, el Verbo Encarnado, que ellos no pueden ver."

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice: «Jesucristo está presente en la Eucaristía de modo único e incomparable. Está presente, en efecto, de modo verdadero, real y sustancial: con su Cuerpo y con su Sangre, con su alma y su divinidad.Cristo, todo entero, Dios y hombre, está presente en ella de manera sacramental, es decir, bajo las especies eucarísticas delpanydelvino».Catecismo 282

CITAS BÍBLICAS ACERCA DE LA ADORACIÓN

El Señor está verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento. Él dijo: "Yo soy el

pan de vida bajado del cielo" (Jn 6:35). Jesús es fiel a su promesa, Él nos dice: "Sepan

que estoy con ustedes hasta el fin de los tiempos" (Mt 28:30).El Amor debe ser retribuido con amor: "Donde está tu tesoro allí está tu corazón" (Mt 6:21).

Cuando fijas tus ojos en la Sagrada Hostia y miras con los ojos de tu corazón estás

viendo al Hijo de Dios que dijo: "La voluntad de mi Padre que me ha enviado es que todo aquel que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día" (Jn6:40)."Yo soy el pan bajado del cielo." "El que cree en mí no morirá". "Yo soy la vid y ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y Yo en él da mucho fruto, porque separados de mí nada pueden hacer." "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí." "Estoy a la puerta y llamo, si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y Yo cenaré con él, y él cenará conmigo”

"Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas."

"El que tenga sed venga a mí; y beba el que cree en mí."

"Vengan a mí todos los que estén afligidos y agobiados que Yo los aliviaré."

"Les dejo la paz, les doy mi paz."

"No teman. Yo he vencido al mundo."

"Estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos."

«Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas, cuando sólo una es necesaria. María ha elegido la mejor parte, y no le será quitada».

San Lucas 10, 41-42

“He aquí que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.
San Mateo 28, 20

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