XXVI Domingo del T.O. (A) (1 octubre 2017)

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doshijos

El evangelio de hoy nos cuenta la historia de un hombre que tenía dos hijos. Llamando al mayor le dijo que fuera a trabajar a la viña. Este le respondió que iría; pero luego no fue. Más tarde le dijo lo mismo al hijo pequeño. Este se negó en un principio, pero luego se arrepintió y fue.

Valiéndose de esta sencilla parábola el Señor nos transmite una enseñanza muy actual. No basta con decir que uno cree en Dios; también hay que cumplir sus mandamientos. El Señor prefiere a aquella persona que si le ha ofendido se arrepiente y cumple su voluntad, a aquél que le promete ser fiel, pero luego no lo es.

¡Cuántas veces hemos oído: “yo creo en Dios, pero que no se meta en mis cosas”! Ya sabemos lo que dice el apóstol Santiago: “Una fe sin obras es una fe muerte”. Es decir, una persona que dice creer en Dios, pero luego no cumple sus mandamientos, es en realidad un enemigo de Dios. El hombre de hoy día no sólo se ha olvidado de Dios sino que le ha dado claramente la espalda. Eso sí, espera ser contado entre los que entren en el Reino de los Cielos; o al menos cree que no merece el castigo del infierno, pues “no mata ni roba”.

El evangelio de hoy también nos recuerda otra verdad que tendemos a olvidar. Dios es nuestro Señor (y así le llamamos). Eso indica, pues es nuestro señor, que tiene poder sobre nosotros (por eso tenemos que obedecer sus mandamientos).

Y vosotros me diréis: “¡Pero el hombre el libre!”. Es verdad que tenemos libertad; pero también es verdad que si nos oponemos a su voluntad no tendremos parte con Él. En realidad, cualquiera que piensa y vive de ese modo es porque ya se ha hecho esclavo del demonio. Y cualquier esclavo del demonio, primero, ya ha perdido su libertad, y segundo, no podrá entrar en el Reino de Dios, a no ser que se arrepienta y reconozca a Dios como su Señor.

El evangelio acaba con unas duras palabras del Señor que manifiestan la dureza del corazón del hombre: “Pero vosotros, aun viendo esto, no os habéis arrepentido”. Como queriendo decir: “¡Que duro es el corazón del hombre, pues aun viendo que se va a condenar, prefiere seguir en su mal camino antes de ser humilde y aceptar a Dios!”

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