XXIX Domingo del T.O. (A) (22 octubre 2017)

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El Tributo al César

1.- Una vez más vemos cómo los fariseos intentan atrapar al Señor. Se acercan a Jesús con la aparente buena intención de oír su opinión respecto a temas trascendentales, pero en realidad no desean escucharlo sino acabar con Él.

  • Para escuchar al Señor, lo primero que necesitamos es rectitud de intención. Poco sacaremos en nuestra oración si no vamos a orar buscándole realmente a Él sino intentando conseguir gracias para satisfacer nuestras propias necesidades. El auténtico amor se preocupa más de dar que de recibir.
  • Lo mismo ocurre cuando nos acercamos a los demás. ¡En cuántas ocasiones ya vamos con ideas preconcebidas! O lo único que queremos es que nos ayuden, escuchen…, pero no mostrar realmente nuestro amor y nuestro deseo de ayudar, comprender…

2.- Hasta los mismos fariseos reconocían muy a su pesar una serie cualidades en Jesús: “Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza…” aunque en este caso tantas alabanzas no procedían de un corazón limpio, sino como resultado de intereses torcidos y egoístas.

  • ¡Cuántas veces también nosotros proferimos alabanzas a otras personas pero nuestro corazón no es recto! Somos más bien sepulcros blanqueados, buscamos intereses ocultos. A veces incluso tantas alabanzas a otras personas lo único que pretenden es hacerles daño, reírse de ellas…

3.- Pero el Señor conoce enseguida el corazón torcido de los fariseos y sus ocultas intenciones. Y es que aunque pretendamos atrapar al Señor, eso no es posible. Él escucha nuestras palabras, pero no las que salen de nuestra boca sino del interior de nuestro corazón. Toda esta “discusión” entre los fariseos y Jesús acabó con una frase que se ha hecho lapidaria: “Dad al césar lo que es del césar ya Dios lo que es de Dios”. Estos fariseos no consiguieron atrapar a Cristo; y además recibieron una lección que es también para nosotros. Nunca puede haber oposición entre lo que nos piden las autoridades del mundo y lo que Dios nos pide. Por eso, demos al César lo que le corresponde; pero no olvidemos que en realidad a quien le pertenecemos es a Dios. Por ello, démosle a Dios lo que a Él le pertenece; es decir nuestra mente, nuestro corazón. En una palabra, nuestra vida. No olvidemos lo que nos dijo San Agustín: “Nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón anda inquieto hasta que descanse en ti”. Sólo Él no puede dar la felicidad que tanto ansiamos.

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