Solemnidad de Pentecostés (B) (20 mayo 2018)

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Pentecostes52

Jn 20: 19-23

“Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»”

Celebramos hoy la Solemnidad de Pentecostés.

Cincuenta días después de la Resurrección de Jesucristo, y diez días después de su Ascensión, Jesús, como había prometido, nos mandó su Espíritu para que se hiciera realidad en nosotros la nueva vida que Él nos había conseguido a través de su muerte y resurrección

En aquel tiempo fueron los apóstoles y la Virgen María quienes, reunidos en el Cenáculo, recibieron el Espíritu Santo.  Ahora, somos nosotros quienes le recibimos a través de los sacramentos.

Con el Espíritu Santo recibimos una nueva vida, la vida sobrenatural, que nos hace hijos de Dios por adopción, receptores de sus dones y frutos (Gal 5:22-23). El Espíritu Santo es para nuestras almas lo que el corazón es para nuestro cuerpo. Sin corazón no podemos vivir; pues sin el Espíritu Santo en nosotros estamos “espiritualmente muertos”. Por la gracia santificante que nos da el Espíritu somos hechos hijos de Dios; y como hijos, herederos del premio eterno del cielo.

Es el Espíritu Santo el que ora en nosotros con gemidos inenarrables (Rom 8:26). Y es Él también quien nos enseña a orar (Lc 12:12). Él nos consuela en nuestros sufrimientos (Jn 14:26) y llena nuestro corazón de alegría y paz (Gal 5:22)

El Espíritu Santo es además el que nos perdona nuestros pecados a través de la confesión sacramental (Jn 20:23).

Recibimos por primera vez al Espíritu Santo cuando nos bautizamos; y luego lo volvemos a recibir cada vez que nos acercamos dignamente a cualquiera de los sacramentos. El sacramento por excelencia del Espíritu Santo es la Confirmación. En él recibimos la plenitud del Espíritu.

El cristiano es además templo del Espíritu Santo: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1 Cor 3:16)

El Espíritu Santo nos abandona cuando cometemos un pecado mortal. Sólo la confesión limpia nuestras almas para poderlo recibir de nuevo.

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