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Domingo XXXIV del T.O. (C) (20 de noviembre de 2016)

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cristo rey C

Solemnidad de Cristo Rey

Lucas 23: 35 - 43

“Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo: «A otros salvó; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido.» También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre y le decían: «Si tú eres el Rey de los judíos, ¡sálvate!» Había encima de él una inscripción: «Este es el Rey de los judíos.» Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!» Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho.» Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino.» Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.»”

Cristo es el Rey del universo y de cada uno de nosotros.

Es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico. En ella celebramos que Cristo es el Rey del universo. Su reino es el reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz.

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Domingo XXXIII del T.O. (C) (13 noviembre 2016)

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Lucas 21: 5 - 19

Como dijeran algunos, acerca del Templo, que estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas, él dijo: «Esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida.»

El Señor habla en dos planos diferentes: uno el histórico, está profetizando la destrucción de Jerusalén que ocurriría en el año 70; y otro, habla de lo que ocurrirá al fin del mundo.

Le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?» Él dijo: «Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: "Yo soy" y "el tiempo está cerca". No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato.»

Jesucristo nos da algunas señales de los hechos que ocurrirán previos al fin del mundo: guerras, terremotos, plagas, traiciones..., pero el Señor nos dice que no nos preocupemos pues "no se perderá ni un pelo de vuestra cabeza". Lo único que Él nos dice es que perseveremos en la fe, pues con ello salvaremos nuestras almas.

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Domingo XXXII del T.O. (C) (6 noviembre 2016)

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resurrec muertos

Lucas 20: 27 - 38

Acercándose algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano.

Los saduceos eran un grupo religioso que entre otras cosas no creían en la resurrección de los muertos y en la existencia de una vida futura después de la muerte. Movidos por esos prejuicios fueron a Jesús para ponerlo a prueba.

Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos; y la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Esta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer.»

Muchas veces intentamos “atrapar” a Jesús con nuestras dudas y nuestra falta de fe; pero no nos damos cuenta que Jesús es Dios y Él tiene la respuesta a todas nuestras dudas. Un problema que para los saduceos no tenía solución: de quién sería la mujer en la otra vida, si en ésta se había casado con siete hermanos, Jesús les hace ver que no hay problema alguno, pues en la otra vida no se vive como esposo y esposa sino como ángeles…

Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven.»

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Domingo XXXI del T.O. (C) (30 octubre 2016)

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zaqueo

Lucas  19: 1 - 10

 Habiendo entrado en Jericó, atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico.

 Lo primero que nos llama la atención en este pasaje es el interés de este hombre rico de la ciudad por ver a Jesús. La riqueza puede llegar a ser un obstáculo para buscar a Jesús. Normalmente el rico está más preocupado en aumentar su riqueza que su fe. Pero por lo visto, en el caso de Zaqueo era bastante diferente.

Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura.

Parece ser que la mucha gente y su poca estatura eran los obstáculos reales para acercarse a Jesús. Estos dos obstáculos son bastante frecuentes en todos nosotros: nuestra poca estatura moral que nos hace buscar las cosas materiales más que las espirituales. Y la gente que nos rodea. Para poder ver a Jesús es más fácil separarse de la gente, buscar un lugar silencioso y solitario. La mucha gente suele distraernos con su ruido, sus preocupaciones, sus críticas... Para poder contactar con Jesús es mejor estar solo.

Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí.  Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: «Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa.» 

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Domingo XXX del T.O. (C) (23 octubre 2013)

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fariseopublicano

Lc 18: 9-14

Dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola:

Al Señor le gusta hablar de los problemas reales que afectan al hombre. Uno de ellos es la soberbia. La soberbia nos hace considerarnos a nosotros mismos como justos y perfectos. En cambio los demás son mentirosos, injustos, malvados, pecadores...

«Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: "¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias."

Esta forma de ser puede afectar incluso a nuestra oración, lo que hará que nuestra plegaria no sea escuchada por Dios. Una de las primeras condiciones que ha de cumplir la oración para que sea escuchada es la humildad del que reza. Es decir acercarse a Dios con sencillez y arrepentimiento. ¡Le tenemos que pedir perdón por tantas cosas!

Parece ser que el fariseo se consideraba a sí mismo como justo, y al mismo tiempo despreciaba a los demás. Más que orar a Dios lo que hacía era ensalzarse a sí mismo.

En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!"

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