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Domingo IV de Cuaresma (A) (26 marzo 2017)

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(San Juan 9: 1-41) 

Los discípulos le preguntaron a Jesús acerca de un problema que les preocupaba: “¿Maestro, quien pecó, este hombre o sus padres, para que naciera ciego? Deberíamos adquirir la costumbre de preguntarle a Jesús cuando tengamos dudas, problemas o no sepamos qué hacer en nuestra vida. Él nos puede dar luz, fe, solución  y aceptación de los mismos.

La respuesta de Jesús fue muy clara: “Ni pecó éste ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios”. Con mucha frecuencia nosotros pensamos que las malas cosas que les ocurren a las personas son consecuencia de sus pecados. En alguna ocasión puede ser verdad, pero no siempre. Muchas de las cruces que tenemos que “cargar” son consecuencia del amor de Dios y no de nuestros pecados. Él quiere compartir su cruz con nosotros.

A pesar de que Jesucristo les dio respuesta a esa pregunta hubo muchos que no la aceptaron: “No puede venir de Dios este hombre, pues no guarda el sábado”. El que había sido ciego intentó explicar lo que le había ocurrido pero tampoco aceptaron su respuesta: “¿Acaso intentas enseñarnos a nosotros, tú que eres pecador desde tu nacimiento?” Y es que cuando nuestro corazón está cerrado a la verdad, aunque sea el mismo Dios quien nos hable, nunca escucharemos su respuesta.

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Domingo III de Cuaresma (A) (19 marzo 2017)

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Jesús y la Samaritana (Jn 4: 4-45)

El evangelio de hoy nos cuenta el encuentro de Jesús con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob. Los apóstoles habían ido a un poblado cercano para comprar algo de comida. Jesús, cansado del camino, se quedó junto al brocal del pozo de Jacob.

En esto que llega una mujer samaritana a buscar agua. Eran como las doce del mediodía. Jesús, sediento, le pide agua. La mujer samaritana se extraña de que un judío hable con un samaritano (entre ellos no se hablaban). Para Jesús no hay extraños ni enemigos. Esta mujer era pecadora; pero Jesús se acercó a ella para ayudarle a salir de su pecado.

Jesús le pide a la samaritana agua para calmar la sed y le ofrece a cambio un “agua viva” que le calmará “la sed” para siempre. Pero para poderle dar esa agua viva hay un obstáculo, la mujer vivía en pecado, había tenido cinco maridos, y con el hombre con el que ahora vivía no estaba casada. Jesús se lo hace saber. A través de estas palabras, la mujer le reconoce como profeta. La mujer dice que el pueblo estaba esperando la inminente llegada del Mesías. Jesús le responde diciendo que Él es el Mesías esperado.

Acabada la conversación inicial, la mujer se volvió a su pueblo proclamando que había visto al Mesías. Cuando la oyeron, muchos fueron al pozo para ver y escuchar a Jesús. El evangelio nos dice que muchos samaritanos creyeron en Jesús por la palabra de la mujer.

Sólo Jesús tiene el “agua” que puede calmar nuestra sed para siempre. El hombre anda buscando la felicidad. Muchas veces la busca en los placeres, las cosas materiales, el poder…, pero nada de ello es capaz de calmar sus ansias. Hasta que el hombre no prueba “el agua de Dios” (la gracia) no se da cuenta de cuánto ha perdido. ¡Cuántas personas viven toda su vida sin haber gozado de otra cosa que de lo material! ¡Cuántas personas viven sin haber intimado nunca con Dios! Hay incluso muchos cristianos que van a Misa, reciben con frecuencia los sacramentos, rezan…, pero nunca han sido capaces de dar un paso más y ser realmente amigos de Jesús. Para ellos, Jesús es algo más en su vida; pero no es “su vida”.

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Domingo II de Cuaresma (A) (12 marzo 2017)

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(San Mateo 17: 1-9)

La liturgia de la Palabra nos presenta en el día de hoy el evangelio de la Transfiguración del Señor en el Monte Tabor. Sólo tres discípulos: Pedro, Santiago y Juan estaban presentes cuando ocurrió el hecho.

Durante la transfiguración del Señor, estos discípulos fueron “capaces” del ver a Jesucristo con toda su gloria y majestad tal como lo veremos en los cielos. Ante tal visión, los discípulos quedaron extasiados y llenos de alegría: “Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, una para Moisés y otra para Elías” (Mt 17:4). Así será nuestra experiencia en el cielo si somos capaces de mantenernos fieles al Señor durante esta vida.

Pero Jesús no sólo quiere que seamos felices en el cielo, sino que también quiere que empecemos a gozar de esa felicidad sobrenatural aquí en la tierra. De hecho, hay realidades maravillosas que nos rodean, y que para muchos pasan desapercibidas. Por ejemplo: la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía; la presencia continua de nuestro ángel guardián junto a nosotros; la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma de la persona que se encuentra en estado de gracia; el infinito poder de nuestra oración; el delicado y tierno amor que nos tienen Jesucristo y su Madre Santísima, y muchas cosas más.

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Domingo I de Cuaresma (A) (5 marzo 2017)

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JEsuS ORANDO C

Es muy importante distinguir entre “tentación” y “pecado”. La tentación no es pecado. Se comete pecado cuando uno cae voluntaria y conscientemente en la tentación.

Una cosa hay que tener bien clara: disponemos de toda la ayuda necesaria de parte de Dios para vencer cada una de las tentaciones que el Demonio nos presente. Nadie es tentado por encima de sus fuerzas:“Dios que es fiel no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas; antes bien, les dará al mismo tiempo que la tentación, los medios para resistir” (1 Cor. 10, 13). El poder que tiene el Demonio sobre los seres humanos a través de la tentación es limitado. Con Cristo no tenemos nada que temer. Nada ni nadie puede hacernos mal, si nosotros mismos no lo deseamos.

Las tentaciones son pruebas que Dios permite para darnos la oportunidad de aumentar los méritos que vamos acumulando para nuestra salvación. La lucha contra las tentaciones es como el entrenamiento de los deportistas para ganar la carrera hacia nuestra meta que es el Cielo. (2 Tim. 4, 7). Las tentaciones sirven para que los seres humanos tengamos la posibilidad de optar libremente por Dios o por el Demonio. También sirven para no ensoberbecernos creyéndonos autosuficientes y sin necesidad de Cristo Redentor.

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Domingo VIII del T.O. (A) (26 febrero 2017)

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San Mateo 6: 24-34

Nadie puede servir a dos señores, pues o bien aborreciendo al uno, menospreciará al otro, o bien adhiriéndose al uno menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.

birds CPor esto os digo: No os inquietéis por vuestra vida, sobre qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, sobre qué os vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad cómo las aves del cielo no siembran, ni siegan, ni encierran en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? ¿Quién de vosotros con sus preocupaciones puede añadir a su vida un solo codo?...

¿Qué es lo primero que viene a tu mente cuando oyes la siguiente frase?: “El hombre ha de vivir en un continuo espíritu de superación” Para la gran mayoría significa que el hombre ha de procurar vivir cada día mejor, tener más dinero, superarse y crecer humanamente. Si eso es lo que has pensado, me da la impresión que las palabras que dice el Señor en el evangelio de hoy te harán pensar: “No os inquietéis por vuestra vida…”; “No os preocupéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos o qué vestiremos? Los gentiles se afanan por todo eso; pero bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso tenéis necesidad." Buscad, pues, primero el reino y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura”.

Esta misma idea aparece continuamente en los evangelios y en las cartas de los apóstoles: “¿De qué le vale al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Mc 8:36). “Buscad los bienes de arriba” (Col 3: 1-4). “Para mí la vida es Cristo” (Fil 1:21).

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